Cuando me ocultaba allí, mi cuerpo se deshacía en partículas invisibles, de modo que ninguno de los bultos que me angustiaban quedaba sin desanudar.

Era un castigo, al abandonar el cuartucho, hacerse cargo de nuevo de los átomos y de los nudos que me constituían y me constituyen.

Como aquella casa vieja desapareció, víctima de la fiebre especuladora, para convertirse en apartamentos, “ningún lugar” desapareció de mi existencia y los átomos y los nudos me matan desde entonces... Me dicen que haga yoga.

Proceso